AMY WINEHOUSE: FOREVER BACK TO BLACK

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

AMY: PURAS DROGAS DURAS

Por Alejandro González Castillo

“Cuando estoy con un hombre, hago que se sienta como un rey. No espero que me trate como una reina si yo no le doy lo que necesita. Pero si lo doy todo, espero que también me lo dé todo a cambio. Y punto. Soy muy tradicional. Cocinaré y limpiaré para él, le plancharé las camisas. Pero eso significa que cuando quiera que se porte como un hombre deberá hacerlo. Si alguien se pasa conmigo, será él quien se presente en su casa con un bate de béisbol”. Ahí la declaración de principios que Amy Winehouse sostenía si se le preguntaba respecto a su visión del amor. Y vaya que le fue fiel a su discurso y, naturalmente, operó en consecuencia con el depositario de sus más descarnadas pasiones: Blake Fielder.

La pareja se conoció en 2005, en un pub de Camden Town, en Londres. Aquel no fue un flechazo de cupido, sino un zarpazo mortal soltado por el demonio. Apenas un mes después del primer encuentro, Amy ya tenía el nombre del tipo tatuado en el pecho. Y no es que la cantante fuera una santa con rosario colgando del cuello para entonces, de hecho bebía cual cosaco; sin embargo, fue Blake quien le presentó las drogas que en el futuro dominarían su dieta alimenticia para llevarla a la funeraria. La cita con el destino de ese par desataría en la intérprete varias de las bestias que hasta entonces se mantenían bien atadas; aunque, para la buena fortuna de la música, todos esos animales salvajes resultarían provechosos para su desempeño artístico.

amy winehouse

Y es que habría que destacar que Frank (2003), el álbum que entonces la inglesa tenía en las tiendas de discos, no era precisamente un dechado de bondades. Ahí estaba la voz, la figura; se ausentaba la fiereza apasionada que Billie Holiday poseía. Nadie lo sabía entonces, pero Fielder sería quien desanudaría las sogas que mantenían bajo control a Amy cuando este decidió volver con su ex, tras pasar un efímero romance con la artista.

Meses de bloqueo creativo vivió la abandonada al enterarse del suceso, no obstante volvería a las andadas sonoras con una facha diferente y una forma de confrontar la vida también distinta: delgadísima, como un palillo para dientes; forrada de tatuajes, cual presidiaria mala madre; con una cabellera encrespada, tan aparatosa como una tostadora; y el maquillaje remarcado con plumón grueso, como fémina de vida galante. Además, la nueva Winehouse regresó para llevarse las palmas de todos con un disco que vaya que la acercaba a Holiday, su ídolo de toda la vida: Back to black (2006). Sí, el dolor hizo que pintara su alma de negro, un color que le sentaba de maravilla.

“No soy alcohólica. Si bebo, es un síntoma de depresión o aburrimiento, pero la gente no lo ve del mismo modo. Solo ve la superficie y cree que la rehabilitación es la clave”. Las palabras soltadas por Winehouse en aquella época (aludiendo a la canción “Rehab”) dejan bien claro que la mujer estaba al tanto de cuál era su problema y cómo había que atacarlo. La situación era que para combatir la depresión y el aburrimiento solo había una medicina, y esta llevaba por nombre Blake. La buena noticia fue que, obligada a no ver al sujeto, el síndrome de abstinencia orilló a la compositora a escribir un puñado de canciones en el que retrató su sufrimiento con una honestidad atroz. Un tema como el que da título a Back to black o uno más como “Love is a losing game” no dejan espacio para dudar: sin la escapada de Fielder, Amy muy probablemente jamás hubiese ido más lejos de lo alcanzado con Frank. La ausencia amorosa duró lo justo, finalmente, pues no pasaría mucho tiempo para que esos dos volvieran a encontrarse; empero, para entonces a la pareja ya no le bastaban los besos para mantenerse a gusto.

Comparados con Sid y Nancy, con Pete Doherty y Kate Moss, Amy y Blake pronto ocuparon las primeras planas de las publicaciones más amarillas de la isla inglesa. De hecho, literalmente mantuvieron activas las ventas de esos tabloides por meses. Sus juergas, correrías infinitas por los pubs de Camden donde el vodka corría por cántaros, madrugadas salvajes cruzando la ciudad en taxi con tal de encontrar crack, se volvieron tan célebres como en su tiempo lo fueron los discursos pacifistas de John y Yoko y las gamberradas de los hermanos Gallagher. El siguiente paso, por obviedad, fue ascender a la primera división de las adicciones. Gastando alrededor de 700 dólares al día en drogas, la dupla gozó sabroso su estancia bajo los reflectores a punta de alcohol, éxtasis, cocaína y heroína. Resulta hoy día impactante apreciar lo rápido que la de los tatuajes cambió a partir de entonces, cómo se fue transformando en un cadáver andante gracias a la bulimia que padecía y, por supuesto, a las drogas que sus entrañas alojaban. Para esos días, hay que decir, Amy y Blake ya estaban casados.

amy winehouse
Blake Fielder y Amy Winehouse / Foto: WireImage

El matrimonio no duraría mucho, no obstante. Divorciados, con él tras las rejas y ella deambulando ebria y drogada por las calles, el final parecía acercarse. Apareció un nuevo hombre en la vida de la intérprete, ciertamente: Reg Traviss. Pero no dio la talla. Aquélla necesitaba tortura, miseria. Pasión. Desgarbo. Intentó rehabilitarse y procuró también olvidar a Blake. Nada funcionó. Sin remedio, aquel zarpazo diabólico que recibió años tras en un pub, a la orilla de una mesa de billar, la había partido en dos. Enferma, desilusionada, adicta, solitaria y aún enamorada, sufría de enfisema pulmonar cuando fue encontrada muerta luego de caer en un coma etílico. Tres botellas vacías de vodka había a los pies de la cama que la abrazó por última vez. Los análisis arrojaron resultados importantes: en su organismo había 416 miligramos de alcohol por decilitro de sangre, cuando 350 resultan letales.

“Love is al losing game” cantaba Amy, y lo hacía con un estoicismo ejemplar, tal vez segura del final que se avecinaba. Imposibilitada quizá para diferenciar entre pasiones, pero lista para la entrega absoluta. Sí, siempre preparada para darlo todo. Porque para ella, beber era como regalar un beso a la hora precisa; y recibir el abrazo más tierno, un acto tan dulce como esnifar la coca más pura. Drogas duras las suyas, pues.

—Alejandro González Castillo es escritor y periodista musical. Es co-cordinador del libro 100 discos esenciales del rock mexicano (2012). No tiene ningún tatuaje.

amy winehouse

FOREVER BACK TO BLACK

Por Bibiana Camacho

De nada le sirvió a Amy Winehouse haber ganado cinco Premios Grammy de los seis a los que estaba nominada en 2009 y haber vendido 2.7 millones de álbums. El 23 de julio del 2011, moriría a los 27 años, la precoz joven que asistió a la Sylvia Young TheaterSchool en Londres y luego a la  BRIT School for PerformingArts and Technology, una escuela gratuita de arte de donde han salido varias artirtas de pop como Ms. Allen y Adele.

Back to Black

Cualquier artista que inicie y termine un álbum con las canciones “Rehab” y “Addicted” tiene una historia que contar. Amy tuvo muchas.

En una entrevista con Los Angeles Times en 2007, cuenta cómo una ruptura inspiró Back to Black (2006), y definió su estado anímico en términos de música y alcohol: “No quería despertar bebiendo y llorando y escuchando a Shangri-Las, y luego ir a dormir, y despertar a beber de nuevo y volver a escuchar a Shangri-Las… me puse a escribir las canciones que quería escuchar.” En efecto, la lírica del álbum anuncia la fatalidad; sus letras repiten una y otra vez que las cosas son como son y no tiene ningún caso luchar en contra. Sus letras escavan en las profundidades del alma.Y su visión del amor es aquella temeraria, desesperanzada, masoquista, una que se parece mucho a la adicción a las drogas. Algunas de sus canciones dicen claramente que la felicidad o algo que se le parezca solo ocurre cuando uno tiene a la mano a un hombre, un trago, una droga; o todo junto.

Sin duda, Amy no hubiera logrado aterrizar esas letras sin la ayuda de los productores Mark Ronson y Salaam Remi, quienes le sacaron lo mejor. Lograron una equilibrada combinación entre hip hop y soul. De hecho, estos productores han sido artífices de importantes producciones musicales como la banda retro-soul Dap-Kings. Ronson y Remi conviertieron a Winehouse en una estrella internacional, a través de composiciones musicales tan boyantes y llenas de vida que logran transmitir la desesperación, el desamor y la adicción; a través de reminisencias de Frank Sinatra, Billie Holyday, Thelonious Monk, Motown y Nas, el rapero de Nueva York con uno ojo agudo para los detalles narrativos.

amy winehouse

La peculiar voz de Winehouse fue fundamental para el éxito de Back to black. Nos remite a una mezcla de gin con cigarros y su tesitura es la de una cantante clásica de blues y jazz. Amy fraseaba de manera casual pero confidencial. Su voz es la de los derrotados, los que están peligrosamente enamorados y logra una agridulce dicotomía entre la belleza y la fatalidad.

Singles

Independientemente de las famosas canciones “Rehab” y “You know I’m no good”, hay otras en Back to Black en las que vale la pena detenerse un momento. “Love is a losing game” es el principio del final, la conciencia resignada de una relación destinada a morir; sin embargo, la actitud de Amy es de enfrentamiento, no de víctima. En“Tears dry on their own” narra la adicción a un amor que nunca tuvo presente y mucho menos futuro. La pieza está inspirada en “Ain’t no mountain high enough”, soul clásico que interpretaban Marvin Gaye y Tammi Terrell; y a pesar de lo riesgoso que resulta meterse con un clásico, gracias a la producción, la apropiación resulta innovadora y contrastante. Si Marvin Gaye interpretaba con el tono vocal elevado, Winehouse lo hizo con tonos descendentes.

Wake up alone” disecciona el rastro de ir a través del día sin alguien que antes era una presencia constante; se trata de mantenerse ocupada, a pesar de que la presencia fantasmal la persiga todo el tiempo. Con “You know I’m no good” Amy pone en evidencia su propia infidelidad y en “Just friends” revela a un amante apasionado y lujurioso.

Autodestrucción

Desde que Winehouse llegó a la escena resultaba evidente que estaba en una espiral de autodestrucción: arrestos por drogas, escándalos públicos y conciertos desastrosos; en muchos de ellos observamos a una cantante que literalmente desfallecía, cada vez con más frecuencia, frente a las cámaras y sus fans. Su cuerpo y aspecto general cada vez lucía más deteriorado.

Su adicción y autodestrucción se convirtieron en un negocio que vendía muy bien, a través de un espectáculo triste y grotesco que sin embargo todos se deleitaban en ver. Uno de los ejemplos más evidentes fue en 2006, cuando acudió al show Never Mind the Buzzcocks de la BBC, durante el cual se hicieron bromas grotescas y de mal gusto acerca de su alcoholismo y su adicción al crack. Winehouse, ya borracha, respondió de manera poco educada y violenta al conductor Simon Amstell, quien la había entrevistado en otro programa de la BBC. Este le dijo: “solíamos ser cercanos” y ella le tocó la cara y contestó: “Éramos cercanos. Pero ella está muerta” y luego soltó una sonora y siniestra carcajada.

Imagen

Winehouse fue una artista peculiar incluso en el manejo de su imagen. Resaltaba que no se preocupaba por su cuerpo. Si los productores le insistieron o no en que se ejercitara, no solo para lograr una figura armoniosa sino para resistir los conciertos, resulta claro que no hizo caso. Amy usaba su cuerpo con libertad, lo tatuaba a su antojo. Poco a poco sufrió una metamorfosis que era notoria en el escenario. Su estilo, claramente inspirado en las divas de los años sesenta, lucía con un dejo de descuido e irreverencia. Sí les rendía homenaje, pero en superlativo: grueso delineador, labios dibujados, una especie de colmena formada por hebras de cabellos.

En sus últimos conciertos aparece con aspecto desaliñado y ebria. Combinaba el glamour de las pin-ups con un estilo de granuja callejera. A pesar de lo anterior, Amy irradiaba precisión y formalismo; al menos cuando podía cantar. Su voz, imagen y actitud transmitían emoción y el cataclismo universal del amor, la pérdida y la degradación. Winehouse fue congruente con su música, estilo y vida hasta el final. Forever back to black.

—Bibiana Camacho es narradora, traductora y editora; autora de Tras las huellas de mi olvido (2010), La sonámbula (2013) y Lobo (2017).

amy winehouse

MÚSICA NEGRA PARA NIÑOS BLANCOS

Por Aura Mendoza

El escenario está a oscuras, comienza a iluminarse cuando se encienden las lámparas art decó que producen una tenue luz anaranjada…

Entran los alientos, las guitarras se posicionan y el baterista toma asiento en el punto más alto del escenario. Los coristas estiran un poco el cuerpo y en el escenario empieza el sutil movimiento que anuncia el inicio.

Nadie puede decir exactamente dónde nació. Digamos que fue en Nueva Orleans a finales del siglo XIX. Cuando se mezclaban esclavos africanos y caribeños y “hombres libres”, criollos y mestizos. Digamos que algunos de ellos sabían tocar percusiones, que se juntaron con los que tocaban alientos y formaron esas enormes bandas de metales que después de la Guerra Civil conocieron el ragtime, un ritmo alegre y fiestero; que el beat del ragtime conoció al blues de las canciones de los trabajadores negros en Misisipi, que se juntaron y nació el jazz, la música que escuchaba Mitch, el padre de Amy Winehouse mientras ella crecía. Frank Sinatra sería uno de sus favoritos.

amy winehouse
La pequeña Amy.

Si el jazz viajó de tan lejos y tomó tanto de todas partes, entonces no es raro que una niña de familia judía, nacida en Southgate, Londres, haya formado a los 10 años un grupo de rap. Ni que a los 13 le hayan comprado su primera guitarra y desde ese momento no haya parado de componer ni de cantar.

Amy Winehouse sale a escena, está sonriente, camina con ritmo hacia el micrófono y lo acomoda a su altura, no da más rodeos y comienza a cantar, sus movimientos contrastan con los de sus dos coristas, son más breves y juguetones. Hay poco que decir de ella cuando empieza a cantar, solo queda escuchar.

La niña de la voz negra

Debido al menor grado de masa muscular que tienen las mujeres con respecto a los hombres, y dado que las cuerdas vocales son músculos, lo más común es que las de una mujer sean más cortas; lo cual además es influido por la carga genética. La voz también depende de la caja torácica y de los movimientos de los labios.

Cuando Amy Winehouse, incluso siendo una niña, abría la boca, era difícil adivinar de dónde venía aquel sonido. Parecía que había alguien más atrapado en ese cuerpo pequeño, intentando salir a través de esa gravedad, profunda. Así que la voz, cuando de cantar se trata, obedece a otras genéticas. La diminuta mujer blanca que crece en el escenario gracias a un torrente vocal que se quiebra y tiembla en el momento que debe hacerlo, no es solo la hija de dos trabajadores londinenses, sino de cada canción escuchada y de las constelaciones de ritmos que se han formado en su memoria.

Podríamos compararla con Billie Holiday, su cantante favorita, pero solo hablaríamos de una de sus facetas. Y hay mucho más. Es por eso que entre un bonche de hip hop hueco y comercial; y entre una absurda cantidad de pop plástico y jovencitas con voz de niñas haciendo coreografías, Amy fue considerada aire fresco para la música negra mundial.

No es sólo la voz, es el ritmo, son los graves y agudos, la manera en que juega con el pulso y el compás, el exacto lugar en el que  pone el acento. La métrica de lo que hace su voz, se corresponde con la posición de su cuerpo. A más de uno nos recordará el larguísimo aliento de una estrofa en el rap.

Frank y las calles negras de Nueva York

El primer disco de Amy Winehouse, Frank, es un evidente homenaje a Sinatra. Ella tenía 20 años y sus canciones ya eran dolorosamente autobiográficas: amores no correspondidos, la separación de sus padres y hasta un guiño a la muerte de su canario. Todo atravesado por jazz y soul. La mayoría de los temas de este disco son coautoría con dos raperos: Nas y el productor Salaam Remi.

Remi, que figura también como productor del álbum, estuvo rodeado de música desde su infancia en Nueva York, con una madre cantante, un padre jazzista, y hip hop en cada esquina de su barrio (en la adolescencia ya tocaba sintetizadores y cajas de ritmos). Entre los consejos de Marley Marl y la creación de demos y remixes, Salaam produjo su primer disco hip hop en 1992. No podríamos decir que se ha especializado en algún género, porque de hecho su clave es la diversidad. Desde Nas hasta Ricky Martin, su constante son los sencillos exitosos, el sonido contundente y, en el caso de Amy, la perfecta mancuerna entre dos personajes influidos por la música negra desde sus inicios.

amy winehouse

El resultado es un disco en el que se empieza a dilucidar el poder en la composición y la voz de la “atormentada y autodestructiva diva” que se construía a cada nota y cada beat, y que dejaba al descubierto sus influencias: la voz del jazz, el beat del rap, la profundidad del soul y un guiño a un gospel profano que daba un tinte negro a cada track.

El beat empieza a bajar, se hace más cadencioso, hay algo que te obliga a moverte, es quizá que el ritmo se parece mucho al sístole y al diástole de tu corazón, al ritmo con el que corre la sangre en tus venas, es el Caribe, la cadencia de las olas jamaicanas, el calor. Ella baila a ese ritmo, su voz se quiebra por el movimiento, los metales se vuelven más contundentes. Nos traga una bocanada de ska.

El retorno del negro

Son los años cincuenta y en Jamaica la población rural está llegando a las ciudades. Las plazas se llenan de fiesta, en los sound systems se mezclan el jazz, el rythm & blues y ritmos caribeños como el calypso y el mento. Está naciendo el ska. Ahí, entre una lejana guerra mundial que dará como uno de sus muchos resultados la independencia de Jamaica. Y el optimismo irá acompañado de música, la misma que después adoptarán como protesta los jóvenes obreros marginados en guetos, que no vieron en la independencia ningún cambio real.

De ahí viene. Y, cuando tres años después de Frank, Amy Winehouse empieza a trabajar en su segundo disco, aterriza justo ahí. En Back to black, la influencia del ska, del rocksteady y el reggae son claras. A la mancuerna con Salaam Remi, se suma en este disco como productor Mark Ronson, otro judío londinense que llegó a los ocho años a vivir a Nueva York y que también crece rodeado de música, con un padrastro guitarrista y una conexión inevitable con el rock británico.

Back to black es un tejido de las influencias y el talento de cada participante; el homenaje musical a los grupos vocales femeninos sesenteros, los beats de la música obrera caribeña que fue adoptada y reinterpretada en Gran Bretaña, el soul y el r&b, convirtieron el álbum en un hito. Imposible de ignorar.

Todo termina con una alargada nota saliendo del delgado cuerpo de la mujer, cantar es sacar los demonios, componer es exponerlos, pero también exorcizarlos. El escenario se queda solo, las luces se apagan, y nos vamos a negros…

—Aura Mendoza es cedemexicana; acaparadora del micrófono en el karaoke y fan de Selena. Si le dieran un arma cargada, le dispararía a Tom Hanks.


Todas las ilustraciones de este especial son de Iurhi Peña.

amy winehouse
Comenta
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn