WHERE THE STREETS HAVE NO NAME: MANAGUA, NICARAGUA

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Por Diego Olavarría

Fotos: Mayerling García

Desde las alturas, Nicaragua es una sarna: un territorio de volcanes que se extienden como prurito, de matorrales secos que parecen costras. El país humea como una fogata: incendios, magma, el purulento azufre que los cráteres cocinan. Enormes lagos, hinchados y tibios como vejigas, flotan pálidos sobre la patria.

Nunca he estado en Nicaragua, e intento auto convencerme de que vengo sin prejuicios. Pero Managua me desconcierta desde un inicio: aterrizar aquí es como hacerlo en una ciudad que normalmente no tiene aeropuerto. Las calles de tierra, los vendedores que ofrecen sus plátanos desde una carreta, y sus numerosos talleres mecánicos me hacen pensar más en un pueblito de Tierra Caliente, que en una moderna capital.

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En el trayecto de media hora del aeropuerto al hotel no cuento un solo rascacielos, ni una sola autopista, ni observo un solo avión surcando el cielo. Veo, en cambio, numerosos descampados donde niños patean pelotas desinfladas, cráteres de agua azul en los que peces nadan sin noticias de las guerras, miles de árboles cuyas frutas engordan sin que las corten. El taxista, a quien le he pedido que me avise si pasamos por sitios de interés, me señala un casino con forma de pirámide, un burdel de varios pisos pintado de color fucsia, así como un lote de autos usados (“el más grande y de más prestigio en la ciudad”, me jura él).

“Bienvenido a Managua”, pienso.

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Como la mayoría de las capitales de Centroamérica, Managua no es una ciudad que los turistas aprecien. En mi avión viajaban europeas con sombreros de Panamá, canadienses de camisetas sin manga y gorra al revés, jipis de lujo con mochilas de 400 dólares. Pero ninguno tenía como destino la capital de Nicaragua: todos aguardaban trasladarse a las ciudades coloniales, a las paradisiacas Islas del maíz, o a alguna playa del Pacífico donde la vida consiste en tirarse en una hamaca, beber cerveza, y revisar Facebook.

Hipótesis: la forma más fácil para que una ciudad sea atractiva es siendo vieja. Y Managua tiene la desventaja de la juventud: antes de 1900, muy poco de Nicaragua sucedió aquí. Esta capital no fue cuna ni de poetas ni de guerrilleros. Nadie construyó aquí una catedral barroca ni una plaza de adoquín. Hasta que se convirtió en capital en 1856 —un pacto entre la conservadora Granada y la liberal ciudad de León, y que costó una guerra civil— Managua había sido una aldea de pescadores; un modesto pueblito junto al lago Xolotlán en el que las garzas pescaban y los cocodrilos tomaban el sol echados sobre las ardientes piedras.

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Como centro del poder político y punto intermedio entre las poderosas León y Granada, Managua prosperó e hizo negocios. Todo marchó en orden hasta 1931, cuando 6 puntos Richter desbarataron la ciudad. Managua se lo tomó con arrogancia y se recompuso: construyó edificios modernos, bulevares y una enorme catedral, sin importarle que unos metros debajo de su superficie hubiera una falla tectónica.

Durante algunas décadas, Managua deslumbró. Hacia 1950 el compositor Guy Lombardo cantó que “Managua Nicaragua is a beautiful town, a heavenly place, a wonderful spot”. Era la más encantadora y moderna de la región. De no ser por lo que sucedió después, quizá seguiría siéndolo.

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El 23 de diciembre de 1972 fue el día más trágico en la historia de Nicaragua. Un temblor de treinta segundos sepultó a 20 mil personas en la capital, casi el 5% de la población. El temblor no solo destruyó miles de vidas, también aniquiló la ciudad: además de miles de casas, las oscilaciones tumbaron el palacio presidencial de Tiscapa y el edificio del congreso. Las emblemáticas y modernas tiendas que alineaban la avenida Roosevelt también quedaron reducidas a cascarones.

Recuperarse de un cataclismo así sería complicado para cualquier ciudad. Pero en Managua vinieron épocas peores: a mediados de los setenta, se intensificó el conflicto guerrillero (esto, en parte, a que el régimen autoritario de Anastasio Somoza se robó la ayuda internacional destinada a reconstruir la capital). Cuando los guerrilleros del Frente Sandinista derrocaron al dictador y tomaron el poder en 1979, tampoco optaron por reconstruir Managua: los sandinistas querían ayudar a los nicaragüenses más pobres; es decir, a los campesinos.

En otras palabras, la reconstrucción de Managua se pospuso.

Y sigue pospuesta.

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No es fácil caminar por Managua. Es una ciudad de baldíos: de enormes vacíos atestados de hierba. En mis paseos, soy uno de los pocos peatones. Incluso para alguien acostumbrado a la hostilidad de las ciudades mexicanas, esta capital es complicada: avenidas incruzables, banquetas destruidas, terrenos en los que los automovilistas arrojan basura y los empleados municipales abandonan los restos de perros que de tan atropellados parecen hojas de papel. En las sombras de las paradas de autobuses observo a señoras y niños chupar bolsitas con hielo para matar los 38 grados Celsius. Me miran caminar entre el polvo y el calor como a un profeta o, más probablemente, como a un estúpido.

Managua es una excelente ciudad para perderse: las calles no tienen nombres (repito: las calles no tienen nombres) y las direcciones se indican con ayuda de los puntos cardinales. Como solo las aves migratorias y los marinos más experimentados, los managuas saben siempre dónde está el norte (el lago), el este (arriba), el oeste (abajo).

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En este surrealista sistema de navegación, las direcciones existen en referencia a sitios más concurridos (mi hospedaje, por ejemplo, está “dos abajo del autolote, una y media al lago”). Con frecuencia, los puntos de referencia son sitios desaparecidos; se introducen con la locución donde fue. Donde fue el Cine Dorado, donde fue el arbolito, donde fue el restaurante Lacmiel. Un problema de urbanismo se soluciona con poesía: en lugar de nombrar las calles presentes, se evocan las pasadas. La ciudad desaparecida se enuncia y vuelve a existir.

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Me tardo casi una hora en encontrar la calle que sube cerro de Tiscapa. Es uno de los pocos puntos turísticos de la ciudad, pero no hay un solo letrero que indique el camino. El cerro donde en 1972 se derrumbó la casa presidencial ofrece, además de la mejor vista de la ciudad y de una laguna volcánica, la posibilidad de ver artefactos dictatoriales (para ser exacto: un tanque que Mussolini le regaló a Somoza) y de recorrer los viejos calabozos de los torturadores. Supuestamente hay un museo, pero la museografía es escueta y los empleados pasan el tiempo ocultos bajo las sombras, lejos de los visitantes. Una enorme silueta negra del revolucionario Augusto Sandino es el único objeto digno de selfies para los pocos visitantes.

Desde el cerro, se aprecia que Managua es arbolada: abundan los marañones, tamarindos y árboles de papaya. Managua casi parece un arbusto: una ciudad escondida por un velo de naturaleza. Pero tanto verde no es resultado de una conciencia ecologista o de un urbanismo comprometido con el ambiente: es la prueba absoluta del abandono. Entre las ruinas, la selva vuelve a crecer.

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Managua es una ciudad plana. O, más que plana, a ras de suelo. Sufre el trauma que atormenta a tantas urbes derrumbadas por las sacudidas: la fobia del segundo piso. Un sábado al mediodía me dirijo al centro para encontrarme con las “multitudes”. No hay tales: en la plaza central cuento cinco personas, incluyendo un vendedor de helados, todas ocultas en las sombras.

La catedral, centro simbólico de toda capital latinoamericana, es apenas un cascarón oscuro y abandonado. La fachada neoclásica y los campanarios se desgajan como si tuviesen lepra; una cinta policial prohíbe acercarse al perímetro para evitar descalabros. Cerrada al público desde que el temblor la resquebrajó hace más de cuatro décadas, los únicos que pueden asistir a misa en la Catedral son los fantasmas.

Del lado sur de la plaza se alcanza a ver el Banco Central, que tenía 12 pisos en 1972, pero que, tras el sismo, quedó de cuatro. La arquitectura de Managua es como un pabellón de enfermos: edificios derruidos, amputados, muertos en vida.

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Nicaragua proclama su adhesión al “Socialismo del siglo XXI”, un modelo caracterizado por la indefinición. Los pósteres del presidente Daniel Ortega pregonan una revolución “cristiana, socialista y solidaria”. En esta capital, sin embargo, no faltan las casas de apuesta y hasta algún centro comercial en el que, a juzgar por las filas, no hay cosa más codiciada un viernes por la noche que cenar pizza Papa John’s con plato y cubierto.

Los vínculos de la familia Ortega con el gran capital chino —con el que buscan construir un Canal interoceánico de Nicaragua, para que en unos años compita con el de Panamá— son del más absoluto pragmatismo capitalista.

Los esfuerzos socialistas de los guerrilleros tuvieron, en los ochenta, logros tangibles como la alfabetización del 35% del país. Hoy, más que en las políticas, el socialismo es evidente en los topónimos: hay un centro de convenciones Olof Palme, una rotonda Hugo Chávez, una avenida Bolívar donde antes estaba la Roosevelt, y un puerto Salvador Allende.

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Visito este último sitio un viernes por la tarde y descubro, afuera de los restaurantes con vista al lago, a varios grupos de mariachis que ofrecen canciones de mesa en mesa. Durante mis días en Nicaragua, descubriré que el país tiene una afición intensa por la música ranchera: casi no hay viaje en autobús que no esté amenizado por Chavela Vargas, Vicente Fernández o Rocío Dúrcal. En Managua, la glorieta de Bello Horizonte es paralelo de Garibaldi en la Ciudad de México: una plaza donde los mariachis se reúnen para ofrecer sus servicios en fiestas y, sobre todo, en velorios, en los que son casi indispensables.

La palabra Nicaragua proviene del náhuatl nic-anahuac, que significa algo como “hasta aquí llegó el Anáhuac”, el mundo conocido por los pueblos de Mesoamérica. Si Estados Unidos termina devorando la cultura de su vecino del sur, el consuelo de los mexicanos será viajar a Managua para probar las tortillas de comal, escuchar mariachi en vivo, y comer tamales en hoja de plátano. Centroamérica será el México que fuimos, nuestro Anáhuac idealizado.

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Paso mis noches en la ciudad en un pequeño hostal del barrio Los Robles. La colonia es casi un oasis: casas modernistas y hasta algún parque herrumbroso con banquitas para sentarse a la sombra. El hostal es una casa reconvertida y tiene pocos meses abierto. Lo administran un chileno y una nicaragüense, pareja, que viven ahí y con frecuencia se pasean por la casa en piyama. (Conversando con la mujer, descubro que comparte apellido con dos expresidentes. Le pregunto si el apellido es común y me responde que no, que pertenece al “clan”).

En la casa hay más mucamas de las que logro identificar —el timbre suena constantemente: entra una mujer, sale otra— y durante la noche hay un cuidador vigilando. Sucede así en todo el barrio: sillas de plástico afuera de las casas que pasan el día vacías, pero que, tan pronto cae la noche, son ocupadas por veladores sin uniforme ni arma a quienes les pagan por no dormir.

Un recordatorio de cómo era el mundo antes de las cámaras de seguridad.

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En los Robles también queda la casa del poeta Ernesto Cardenal. Durante mis días en Nicaragua, la noticia más sonada fuera del país era que, gracias a una demanda sin fundamentos, el poeta de 92 años, el más reconocido de Nicaragua, iba a perder su hogar.

La demanda, desechada por otro tribunal hace algunos años, fue resucitada en probable venganza por las críticas que Cardenal ha hecho al gobierno (lo ha acusado de “dictatorial”). En una entrevista con el diario La Prensa, Cardenal culpó del ataque a Rosario Murillo, primera dama y también poeta, con quien Ernesto tuvo un desencuentro en los setenta. Pertinente recordatorio: pocas cosas son tan duraderas como el rencor de los poetas.

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Rosario Murillo es hoy, detrás de Ortega, la persona más poderosa de Nicaragua. El exguerrillero es un tipo parco, no le gustan mucho las cámaras; es ella quien atiende muchas de las conferencias de prensa. Versifica discursos en cadena nacional en los que habla de “sintonías evolutivas” y pide “bendiciones” para las obras del gobierno. Para Murillo, la revolución no es solo “socialista, cristiana y solidaria”, sino también new age-ista, espiritista y feng shui-ista.

El símbolo más visible del poder de la primera dama son los “árboles de la vida”, unas esculturas metálicas de 25 metros que crecen por toda Managua. Los hay amarillos, verdes y morados, y están recubiertos de miles de foquitos navideños. Por las noches, sus ramas circulares estilo Gustav Klimt se iluminan y brillan estridentes.

Además de ser indeciblemente feos, y no dar sombra ni fruto, los árboles consumen bastante electricidad. Son, más que “arte público”, un monumento a la falta de imaginación del gobierno y a los pastiches ideológicos de los poderosos.

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Gioconda Belli escribió que Nicaragua es un triángulo de tierra perdido en la mitad del mundo. De noche, desde el avión que despega rumbo a la Ciudad de México, no distingo geometrías. Solo la silueta luminiscente de algunos árboles de la vida. Los volcanes y las calles sin nombres son sombras en la noche.

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