RAMONES: 40.1 AÑOS DEL PUNK

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los ramones comic blumpi
Viñeta: Jorge Flores-Oliver, Blumpi / @Blumpi

ACÁ ABAJO TODOS SOMOS RAMONES

Por Georgina Hidalgo Vivas / @cactodeasfalto

—¡Aquí no va a tocar Caiflaneeees! –te dicen si tratas de abrir camino y los empujones tensan el ambiente. Pactum está a punto de acabar. Ya todos andan calientes. Me encuentro al Avión que casi siempre anda de seguridad. Me quedo a su vera.

Cuando estoy con él nadie se mete conmigo y no viene ningún punki chemo a sacarme navaja en mano a bailar. Rodolfo, o el Avión, es todo un personaje, banda de los Olivos y del Chopo que pinta y pega los carteles de las tocadas y si se ofrece es la seguridad de cuanto toquín se organiza. Cuando se puede me deja pasar de a grapa. Me hace esperar a su lado y hasta me pone a catear a las chavas, pero al final logro estar a mi aire.

ramones punk 40 años
Los Ramones posando para la portada del primer disco / Foto: Roberta Bayley.

La crema y nata del punk mexica empezando por el Maya del Síndrome del Punk, pasando por los Yaps, El Guadaña, los Atoxxicos y Rebeld de Punks están de espectadores. Pero a quién le importan. Acá abajo todos somos Ramones. La enorme nave del gimnasio del Ex-Balneario Olímpico Pantitlán está a reventar. Nadie se ha perdido el primer concierto de los Ramones en México. Es domingo 27 de septiembre de 1992 y ya pasan de las siete.

¡Hey, ho, lets go. Hey, ho, lets go! Una explosión desata la ovación, Joey Ramone aparece en el escenario y pegado al micro comienza a rafaguearnos con su voz. Desde abajo, mientras punks-arañas escalan el altísimo andamio que sostienen el escenario, miro bocabierta, atenta a un dios que se aparece entre humos rojos y azules.

Me va a dar tortícolis —pienso—, pero Joey nos receta una lobotomía con Psychoterapy. Su largas piernas lucen más largas; quiero ver más allá de ese fleco que tapa sus ojos, hacer a un lado esos pelos que caen sobre sus hombros, hurgar tras esos lentes redondos de espejo negro, probarme su chamarra de cuero y luego huir con ella puesta a guerrear. Pero él no para. One, two three, four…

Entre rola y rola veo greñudos clasemedieros con cara de  malotes y un montón de raza con pelos espinados sudando a chorros en un baile salvaje. A mi lado hay especímenes bien pesados. El olor a sudor, chemo, chela y mota comienza a envolverme. Caen gotas del techo. Ya tenía tiempo yendo a revetnar a Panti, pero no había visto que pusieran un escenario tan alto como ahora, ni siquiera en las tocadas de la Banda Bostik o el Transmetal o el DRI (que rulean entre la banda eslamera pesada).

Entre más me adentro es más sofocante. Los empujones me advierten de seguir adelante. Oriente de la ciudad, planeta chemo. Todos queman o esnifan o chupan o agarran valor y se meten al slam. Otros observan apretujados, atentos de que no les caiga encima un punki volador, o de quedar atrapados en la fuerza centrífuga del punk, condenados a empujar a los que salen proyectados, o a levantar a los caídos.

Como siempre, no resisto. Estoy girando en una batalla campal, soy una molécula más en esta vorágine de cuerpos que se agitan al ritmo de un cantante obsesivo e inadaptado. Lanzo golpes a diestra y siniestra y cuando explota  “Sheena is a punk rocker” dejo que guitarra y batería aviven mi desfogue. ¡Argggg, estoy harta! Tengo 20 años y creo que NO hay futuro. No me queda más que guerrear aquí, madrearme a cuanto greñudo machín se cruce en mi camino. Como esos que corren a mi lado solo para agarrarme las nalgas. ¡Yiiii! Me gusta. A pesar de los moretones que tendré en los  brazos. A pesar de los que me hará mi padre cuando regrese a casa después de dos días. ¡¡¡Son los Ramones!!!

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No hay mejor grito de batalla que su “Blitzkrieg bop” y en cuanto lo tocan, las dos enormes ruedas alrededor del slam se abren y fusionan en un enorme ocho casi del largo de la nave olímpica. Corro por mi vida. Todos sudamos a chorros, corazones inflamados de adrenalina. Desde arriba brotan éxitos sin parar “Rockaway beach”, “Pet Semetery”, “I wanna be sedated”, “Sheena Is a punk rocker” y otras del nuevo disco Mondo Bizarro, donde hasta coverean a los Doors.

Apenas reparo en el maldito de Johnny.  Marky y CJ Ramone están en lo suyo. Joey lo llena todo, Joey de pantalones negros y pelo enredado, chamarra negra. Su figura enmarcada por las ventanas de medio círculo del balneario. Hago base en alguno de los pilares donde quemo mota con un desconocido que también me invita agua. Chido banda. Busco al Avión. Joey trata de ser amable, la raza rechifla que quiere más, en lugar de Avión me encuentro al Trash y su cuates de la Kennedy, pura raza metalera. Y sigo quemándole las patas al diablo.

Termina el encore, no hay tiempo para rechiflas, las luces anuncian que los dioses volverán a su altar y ya no saldrán a complacer a sus hordas. Volverán a su hotel, sin hablarse entre ellos, concentrados en pedir cuentas sobre la venta de camisetas (el verdadero bisne ramone), a fingir que son una happy familiy. La feliz y disfuncional familia Ramone. Todos somos parte de ella. Vuelvo con metal greñudos al metro Pantitlán. Caminando, no hay de otra. No me importa. Empapada, eufórica. ¿Qué había pasado? Nada, un flashazo, un acelerado y frenético despertar.

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Los Ramones en el CBGB en 1976 / Foto: Roberta Bayley.

Cuando los Ramones tocaron en México ya habían forjado su leyenda. No eran aquellos inadaptados que en 1976 colisionaron con la gran estafa Sex Pistolera en Londres y con su salvaje sencillez y valemadrismo mostraron a todos que cualquier cosa es posible si se tiene actitud.

Artífices de la rebelión juvenil más interesante de los recientes 40 años, en 1992 los Ramones eran ya un grupo de culto al que se achacaba la paternidad del punk. Pero en realidad habían logrado “maquillar” sus conflictos internos, sortear sus adicciones, esconder sus enfermedades (incluso las mentales) y capitalizar su marca.

MTV los entrevistó por primera vez a principios de los ochenta, cuando empezaba transmisiones y la radio mexicana los programaba por doquier: desde el programa del Vlady en el IMER, hasta Luis Gerardo Salas de Rock 101 les rendían tributo. Muy punkis antiestablishment ya no eran, pero los amábamos. De hecho, “I wanna be sedated” y “Somebody put something in my drink” eran ya el himno de apertura de todo reventón noventero, casi los mantras de una generación perdida en el agujero negro del hartazgo y la frustración. Así los recibimos, hartos, eufóricos, ansiosos.

A pesar de los rumores de cancelaciones, de los múltiples grupos que se barajearon para abrirles (entre ellos La Lupita, ¡guac!), de los temores de razzias y de violencia entre bandas, en septiembre 26 y 27 de 1992 los Ramones tocaron dos veces en el Ex-Balneario Olímpico de Pantitlán para disfrute de la amplia concurrencia. A una rayita de salirse de control, ambos conciertos sentaron precedentes. Un año más tarde, cuando el Tri les abrió en el Gimnasio Olímpico Juan de la Barrera tocaron en medio de una nube de polvo ocasionada por el slam sobre la alfombra que cubre la duela. Enardecida, la banda de abajo apiló en montañas las sillas plegables para que miles bajen a reventar. Tres años después, cansados de sí mismos, los Ramones se separarán. La década siguiente los vería morir escalonadamente, primero Dee Dee, luego Joey, Johnny, Tommy. Oler pegamento no era del todo sano. El punk murió de cáncer linfático y sus hijos mutantes no se han dado cuenta.

Por eso avivan recuerdos, los atesoran como reliquias, objetos preciados que les hablan de cuando acá abajo, todos fuimos un Ramone.

Foto: Roberta Bayley.

LA REVOLUCIÓN DIVERTIDA EN 29 MINUTOS Y 4 SEGUNDOS

Motörhead logró meter la historia de Ramones en una breve canción de speed metal que dura 1:26. Lemmy les confeccionó un tributo a la medida si se considera que el primer disco de Ramones es una revolución pop en 29:04.

Por Rogelio Garza / @rogeliogarzap

Cuarenta y un años después todos están muertos. Desde Joey hasta Tommy, pasando por Dee Dee y Johnny (y al final, Lemmy), un Ramón tras otro fueron cayendo en el cumplimiento de su misión: rescatar al rock del estanque, el oropel y la indulgencia. Lo renovaron con estamina y actitud para desmadrar con sus incursiones rítmicas y sus ráfagas de sonido al grito de batalla: “Hey ho, let’s go! Hey ho, let’s go!”. En esa guerra lanzaron la bomba punk, el disco que explotó a mediados de los setenta en Nueva York, cuya onda expansiva resuena a más de cuatro décadas de distancia.

“MÁXIMO MINIMALISMO METRONÓMICO”

Así los definió el productor Craig Leon, el hombre clave en la realización de su primer disco, Ramones, en febrero de 1976. Los grandes grupos suelen tener una deuda sonora con un productor y el cuarteto de Queens no fue la excepción. El talento silvestre de cada Ramón es indiscutible a estas alturas, Craig Leon —el Sam Phillips de Elvis Presley, el George Martin de los Beatles o el Andrew Loog Oldham de los Rolling Stones— canalizó esa energía primigenia para construir un sonido definitorio. Motivado por Danny Fields —el publicista ex manager de los The Stooges que le pidió dinero a su mamá para armar a los Ramones con amplificadores nuevos—, Leon los llevó a Sire Records y les consiguió el contrato con los Seymour para grabar un álbum. Luego les hizo un disco clásico en seis días con seis mil 400 dolaritosy genialidad de alto wattaje.

Craig Leon acertó donde Phil Spector falló (a quien le tomó seis meses y 500 mil dólares terminar la sinfonía punk, End of the Century), respetó el concepto elemental del grupo y el principio creativo dado por Tommy: “concentrarse en la sustancia y eliminar lo innecesario”. Para Johnny y Dee Dee, guitarrista y bajista que estudiaron en colegios militares, era el famoso ataque relámpago en cada canción (a ellos se debe el logotipo y el uniforme urbano de chamarra negra, playera, tenis y jeans rasgados). Así empieza el disco, con “Blitzkrieg bop”, su llamado a la revuelta.

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Joey y Jhonny durante la grabación del primer disco / Foto: Danny Fields.

Para Tommy, baterista y coproductor de varios discos ramonudos, las canciones eran como el oleaje de un tsunami eléctrico que golpeaba, barría con todo y se iba. Leon también tenía su perspectiva, le parecía que cada concierto de Ramones era una pieza espontánea de arte sonoro. Tenía la intención de grabar las catorce canciones sin interrupción, como lo hacían en vivo con el conteo 1, 2, 3, 4 que inventó Dee Dee para unirlas en dos bloques, los lados A y B. Así lo grabarían después Tommy y Ed Stasium en los cuatro lados de It´s Alive. Pero sería difícil tocarlo en el radio, así que solo redujo las pausas, aplicó el conteo en unas canciones y unió dos. Esta suma de visiones musicales, la militar + la natural + la artística, dio como resultado un disco que desvió 45 grados el curso del rock a 33 revoluciones por minuto.

DESAFINADOS Y DESALIÑADOS

Generaban un trance de sonido en media hora y la idea era encapsular ese momento en el estudio, utilizando las técnicas de grabación de los Beatles que productor y grupo idolatraban. Los Ramones no tocaban solos de guitarra ni de batería. Tampoco introducciones ni finales. Nunca usaron efectos en los instrumentos, puro volumen. Las letras eran disparadas por una voz gangosa en algún extraño idioma salido del radio, la televisión, el cine, los cómics y la calle, filtradas por un humor suicida: historias sobre sustancias, armas, chavas descabelladas, nazis, asesinatos, masacres, batazos a los niños, navajazos a los dealers y una postura política chiflada en Havana Affair: Sent to spy on a Cuban talent show / First stop, Havana go go! / I used to make a living, man / Pickin the banana / Hooray! for Havana / Baby baby make me loco / Baby baby make me mambo.

Una nueva corriente: el rock más rápido, austero y delirante que hasta entonces se había tocado, cuya raíz musical no estaba precisamente en el blues —como lo afirmaba Johnny—. Su propósito era sonar diferente y su técnica tenía que ver con un movimiento veloz de la muñeca y muchos huevos. Por supuesto, el zumbido permanente de la guitarra, el ritmo del metrónomo parpadeante y el desmadre lírico volaron en mil pedazos en el radio y la prensa, donde ganaron más enemigos que simpatizantes. Pero hicieron visible el fenómeno musical que había estado gestándose bajo el asfalto.

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La funda de ese primer disco es arte por el frente y arte por atrás. En la portada la imagen icónica tomada por Roberta Bayley, fotógrafa de la revista Punk que editaban John Holmstrom (“El punk es una mano inexperta”) y Legs McNeil, autor con Gillian McCain de Please kill me, the uncensored oral history of punk. En la foto blanco y negro aparecen recargados en una barda cual pandilla de Nueva York, “un momento perfecto en el que todo se acomodó de manera natural”, ha dicho Bayley. En la contraportada, la fotografía de una hebilla de cinturón con el águila gringa tomada por Arturo Vega en una cabina de instantáneas.

Oriundo de Chihuahua, también fallecido en 2013, Vega fue el director de arte e iluminador de los Ramones que diseñó su logotipo e inventó el color rosa ramón cuando era rotulista de supermercado. Su departamento era el cuartel ramonudo y roló con el grupo (igual que el tour manager Monte A. Melnick) en los dos mil 263 conciertos que tocaron por todo el mundo. Además de iluminar los shows, producía y administraba la venta de las célebres playeras con las que se sostenían en las giras.

DE LAS CALLES A LOS MUSEOS EN 1, 2, 3, 4 DÉCADAS

Ramones se lanzó en abril de 1976. Un disco que trajo cambios profundos y nuevas olas musicales postpunk: new wave, hardcore, grunge, indie, happy… pero apenas logró vender seis mil copias ese año. Los Ramones nunca fueron un grupo masivo ni de moda, hasta hoy. El reconocimiento por las ventas llegó 38 años después, en 2014, cuando alcanzó el disco de oro por las 500 mil copias. Para entonces ya era considerado un clásico sometido a diversas disecciones, homenajes y ediciones como la que lanzó Sire en 2016 —vinil, 3 CD´s y un libro—, remasterizada por el propio Craig Leon por los 40 años.

El tiempo pasó tan rápido como su música. Judy es una cuarentona, igual que Jacky, Suzy, Sheena y todas las novias piradas que salieron de los discos de Ramones. En esa línea de tiempo el punk saltó de las calles a las boutiques y aparadores de lujo en Europa y América, Malcolm McLaren y Vivienne Westwood solo fueron la punta del estoperol, a partir de ellos el punk es moda. Cuando los adolescentes setenteros ahora cuarentones ascendieron al poder, el siguiente paso fue meterlo en las galerías y museos en los que hoy se le exhibe como una manifestación cultural contestataria. Sucede en el Museo de Londres y en el Pompidou de París.

Aunque liberar del aburrimiento a la juventud en resistol los llevó a la tumba, ese rock todavía suena vivo, literalmente It´s Alive, inspira a la acción porque la música de Ramones básicamente es movimiento. Bukowski dijo en alguna página de Neeli Cherkovski que escribir es decir grandes cosas de manera sencilla. Y esa es la grandeza de Ramones, su sencillez. Lograron lo más con lo menos. Un elogio a la simpleza en melodías veloces que, efectivie wonder, aportaron ideas musicales que terminaron por cambiarle el rostro y las entrañas al rock 😡

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JEYJO, LESGÓ

LA RAIGAMBRE CALLEJERA DE LOS MONCHOS

Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Les dicen Los Monchos. Así los llaman en el barrio, ese sitio inmundo donde aún hoy es complicado andar en calles forradas de pavimento y al abrir la llave del agua lo único que emerge es un eructo; ahí, donde los postes de luz solo sirven para colgar tenis de los cables y en cuyas esquinas los taxistas temen encontrar clientes. Los Monchos. Les han puesto dicho mote porque desde su alumbramiento a nivel discográfico calaron hondo justamente en el barrio espeso, y todo debido a que la portada de ése, su primer álbum, los acredita como habitantes perpetuos de todas las zonas marginales de esta mancha urbana llamada capital. ¿O no pasa así? Sin indagar demasiado, apenas se agarra ese disco editado hace poco más de cuarenta años y se asoman Johnny, Joey, Tommy y Dee Dee en esa calle polvorienta de ajados muros; entonces, una sola conclusión arroja la sesera: esos tipos son Neza. O de otro lugar así de sórdido.

La raigambre callejera de ese cuarteto se advierte más allá de la insolencia en su mirar. Basta verles el sucio calzado, esa suela raída, vencida tras largas caminatas entre charcos y baches,y también producto de múltiples cáscaras de fucho llanero, para enterarse de que esos tipos vienen de la esquina, de ahí, de al ladito de la tienda donde fían. Y ni hablar de sus pantalones, camisetas y chamarras de segunda que con trabajos se enfundan, garras que probablemente mercaron rascándole hondo en la paca a temprana hora. Mirarles es admirarles porque, ¿cómo le hicieron para llegar tan lejos?; es decir, ¿quién los sacó del lodazal para ponerlos en la tapa de un plato? Vaya, ¿por qué madres esos vagabundos son tan famosos?

Cuando Roberta Bayley disparó su cámara con tal de obtener unas cuantas imágenes de los tales Ramones, no imaginó que en México muchos jurarían que en lugar de la First Avenue —bien cerca del CBGB, el sitio donde los rábulas brindaban y bailaban a gusto—, la foto que terminaría siendo la portada del debut discográfico del cuarteto fue tomada en algún callejón de La Pantitlán, El Molinito o La San Felipe de Jesús. Qué iba a pensarse en Nueva York, hombre. ¿Nueva York? Esa ciudad sí que queda lejos. Hay que tomar un avión, hablar inglés y comprar dólares para llegar allá. De manera que, ¿cómo es posible que los Monchos luzcan como mexicanos en la tapa de esa obra de la primavera del 76?, ¿es que en la mentada Gran Manzana también escasea el agua y la luz?, ¿o de plano la pandilla Ramona está integrada por mojados, por desarrapados exiliados del viejo DF?

Y qué hay respecto a que antes de que sacaran un disco, aquellos cuatro apenas eran conocidos por sus vecinos. Qué ocurre con eso de que una vez que llegaron a la isla inglesa con su rodaja de vinil bajo la axila para tocar en el Roundhouse, los de The Damned y The Clash agarraron valor para hacer música. Porque vaya, todo eso está muy bien, pero, a pesar de que en México Joey y los suyos empezaron a tocar hasta  1992, ¿por qué no se habla de la influencia que su disco de título homónimo tuvo en el Rebel´d Punk, el Síndrome o los Yaps? Porque estos camaradas, y muchos, hartos más, también encontraron en el coro de “Jeijo, lesgó” (porque el trabalenguas de “Blitzkrieg bop” sólo lo repiten los leídos) justo lo que requerían para atreverse a ir por unas cuerdas a la tlapalería y ponérselas a sus guitarras chinas. Bastaba con escuchar “Beat on the brat” para correr a enderezar a martillazos los platillos del tío que tocaba las congas en un grupo versátil y hasta para pedirle el coco y las bocinas al sonidero de la colonia y así ponerse a ensayar en la azotea.

Seguramente estos avezados mexicanos, así como sus símiles ingleses, se preguntaron, ¿si el tal Joey, el sujeto con cuerpo de campamocha que toma el micrófono, es capaz de hacer rock and roll así de rápido y fuerte, por qué jodidos nosotros no hemos de poder? Y claro, ya entrados en gastos también coincidieron en el hecho de que el aroma de ciertos solventes resultaba encantador. Por cierto, ¿en Nueva York se pegarán el bote directo a las comisuras o preferirán soplarle a la bolsa? Un himno para desgraciar pulmones incluido en el ya mencionado disco de los Ramones: “Now I want to sniff some glue”. ¿Existirá otro tema que le calce mejor a quienes cruzan la puerta de la vecindad con el único plan de correr a la tlapalería para sedarse? ¿A poco no al lado de esa canción, otra de la misma era como “Chavo de onda”, del Three Souls in my Mind, de pronto posee un grado de sofisticación que King Crimson envidiaría?

Foto: Danny Fields.

Quienes en 1976 tenían quince o veinte años de edad y escucharon calientito el primer puñetazo de los de neoyorquinos, hoy día están cerca de cargar sesenta sobre sus espaldas. Ya sufrieron hondamente la muerte de sus héroes; enterraron a Joey, Dee Dee, Johnny y Tommy. Y probablemente esos viejos sobrevivientes aún vivan en el mismo barrio, bajo condiciones similares (o peores) a las de antaño. Claro, varios tuvieron que cederle el mando a los reguetoneros que hoy día resguardan con fuscas el acceso a la cuadra; sin embargo, han de conservar su máximo tesoro, la prueba de sus más salvajes años: su chamarra Ramona. La que guardan en el ropero desde hace décadas, entre chinches y arañas patonas, seguramente a la espera de enfundársela de nueva cuenta en su propio velorio.

A todos ellos puede reconocérseles porque cuando cruzan el tianguis el fin de semana y de cierta bocina emana algún tema del primer disco de los Ramones, reaccionan como si les hubieran pellizcado los párpados. Bestias callejeras rumiando en su hábitat natural, con la pandilla de toda la vida, cantando las canciones de siempre, son ellas quien hicieron de los Monchos y su primer disco el soundtrack de la decadencia perpetua, de la rebelión ante la miseria. A cuarenta y un años de haberlos soltado, los gritos de Joey en el tema que destapa la historia de los Ramones definen todavía los perfiles de esos adolescentes obligados a hacerse viejos. They’re forming in a straight line, they’re going´ through a tight wind. The Kids are losing their minds, murmuran los sesudos mientras los Monchos prefieren quedarse, eternamente, con el grito de batalla más puro en la historia de la música: Jey. Jo. Lesgó. Jey. Jo. Lesgó.

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Foto: Danny Fields.

BREVIARIO DE UN RAMONE CHILANGO

Por J. M. Servín

Hay sucesos que nos cambian la vida para siempre. Uno de los más importantes para mí fue descubrir a los Ramones. 1980. Tenía 18 años y dejaba atrás mi afición por el jazz y el rock progresivo, que cada vez me parecían más pretensiosos, como yo mismo sin proponérmelo. Al darme cuenta regresé a la esencia del rock con el que me había formado. Un rock duro, grasoso, estridente, que permitía el desahogo tribal a través del grito y las contorsiones que no pocas veces, sobre todo en vivo, conducían al paroxismo.

Cuando escuché por primera vez la opera prima de los Ramones y su explosiva primer canción “Blitzkrieg bop”, cargaba una fuerte depresión por la muerte, primero de mi madre, un año atrás; de mi querido perro Ringo meses después y, por último, de mi hermano mayor en ese 1980.

Ya era un melómano que gastaba buena parte de mis sueldillos en acetatos. En ese entonces trabajaba como almacenista en una zapatería de la colonia Roma y con frecuencia iba con mis novedades en vinil a casa de mi amigo “El Cleto”. Vivía en Aragón pero valía la pena el largo y pesado trayecto en Metro y microbuses. El Cleto tenía un equipo de sonido profesional que había comprado a plazos con la ayuda de su madre y de su sueldo como empleado en el gobierno del DF. Había estudiado periodismo en la BREVIARIO DE UN RAMONE CHILANGO

Hay sucesos que nos cambian la vida para siempre. Uno de los más importantes para mí fue descubrir a los Ramones. 1980. Tenía 18 años y dejaba atrás mi afición por el jazz y el rock progresivo, que cada vez me parecían más pretensiosos, como yo mismo sin proponérmelo. Al darme cuenta regresé a la esencia del rock con el que me había formado. Un rock duro, grasoso, estridente, que permitía el desahogo tribal a través del grito y las contorsiones que no pocas veces, sobre todo en vivo, conducían al paroxismo.

Cuando escuché por primera vez la opera prima de los Ramones y su explosiva primer canción “Blitzkrieg bop”, cargaba una fuerte depresión por la muerte, primero de mi madre, un año atrás; de mi querido perro Ringo meses después y, por último, de mi hermano mayor en ese 1980.

Ya era un melómano que gastaba buena parte de mis sueldillos en acetatos. En ese entonces trabajaba como almacenista en una zapatería de la colonia Roma y con frecuencia iba con mis novedades en vinil a casa de mi amigo “El Cleto”. Vivía en Aragón pero valía la pena el largo y pesado trayecto en Metro y microbuses. El Cleto tenía un equipo de sonido profesional que había comprado a plazos con la ayuda de su madre y de su sueldo como empleado en el gobierno del DF. Había estudiado periodismo en la

Yo tenía una modesta colección de discos importados y nacionales. Mi gusto por el rock había comenzado desde niño gracias a mis hermanos mayores. Soy el penúltimo de una familia de diez. No era difícil que me contagiaran sus gustos musicales. Lucía tenía un novio que trabajaba en la mejor tienda de discos de rock importados de la época: Hip 70, en Insurgentes casi esquina con Niza. El galán le regalaba discos de bandas demasiado complejas para mis oídos de barretero: Captain Beefheart, Premiata Forneria Marconi, Rick Wakeman, Banco del Mutuo Soccorso, Traffic, Yes, King Crimson, Pink Floyd y otras más. El primer disco de rock que compré fue en tercer año de secundaria: Tarkus, de Emerson, Lake & Palmer. Muchas de esas bandas me parecían inaccesibles, densas, y terminaba por escuchar lo que más me gustaba: “rock pesado”, Led Zeppelin, Grand Funk Railroad, Rolling Stones, Three Souls, Creedence, Black Sabbath, Janis Joplin, Hendrix, Santana, Status Quo y Canned Heat.

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Ramones en México.

El Hip 70 era en aquel entonces el Santo Grial de los melómanos rockeros. De ahí que me hiciera cliente y, aun sin dinero, me gustara ir a ver portadas de discos, la parafernalia que vendían y a escuchar lo que reproducía a todo volumen su polvoso aparato modular. Mis gustos musicales se iban refinando en un sentido contrario y en Hip 70 me ponían al día de las novedades.

Un mes antes, por ahí de noviembre, precisamente por recomendación de uno de los vendedores, había comprado en esa tienda mi primer disco de Ian Dury, una joya de 1980: Laughter. El tipo de la tienda se había dado cuenta que no le quitaba la vista a un poster de Dury que tenían a la venta. Yo no sabía quién era, pero su apariencia era perturbadora y con estilo, sobre todo por un gasné al cuello, un saco brilloso y unos zapatos boludos de la punta que lo hacían parecer como el patrón de un sucio prostíbulo londinense. Eran mis primeros pasos para internarme en la música punk que musicalizaría mi biografía a partir de ese momento. Laughter fue como una epifanía. Pero me faltaba toparme con la ópera prima de los Ramones y su “Blitzkrieg bop”.

Lo compré en casete en el tianguis del Chopo un sábado de cruda. La rudimentaria fotocopia de la portada dejaba ver a cuatro sujetos vestidos como muchos de los que andábamos rolando ese día allí: pantalón de mezclilla entubado, tenis percudidos, camisetas negras y blancas y chamarras de cuero negras aunque el sol pegara a plomo en la ciudad. Ya se veían peinados a la mohicano: largos picos de cabello de colores rojo y morado atiesados con quien sabe qué ungüento. Es curioso pero ni los Ramones, ni los Sex Pistols usaban esos cortes de pelo. Joe Strummer lo hizo hasta 1982, cuando el punk fenecía y The Clash, con su Combat Rock, estaba a punto de convertirse en una de las bandas más influyentes de todos los tiempos.

Pero el punk había llegado a México tiempo atrás. No con la moda en el vestir ni con la música, más bien con la identidad de barrio de los jóvenes de las periferias más jodidas. Así lo registró después Pablo Ortiz Monasterio en su oportuna fotografía “Volando bajo”, de 1986. El sujeto que aparece en la foto brincando y como fondo una barda que dice “Sex Pistols”, es uno de los miles que ya pululábamos en esta ciudad desde finales de los setenta.

Como tantos otros intelectuales, periodistas y sociólogos, habían llegado tarde a registrar un movimiento urbano áspero y sin ideología. No nos decíamos punks. Éramos simplemente “La Banda”. Nos refugiábamos en billares y cines de segunda, en callejones, parques y explanadas de unidades habitacionales, chupábamos caguamas y fumábamos mota oyendo rock pesado en enormes grabadoras de fayuca. Íbamos los hoyos fonquis para oír en vivo al Three Souls, Paco Gruexxo y otras bandas por el estilo, rijosas con el público; bailábamos una versión muy chilanga del pogo que de algún modo integraba las danzas mexicanistas.

Escuchar a los Ramones fue desde aquella noche de diciembre de 1980 previa al inicio de las posadas, una inyección de vida, la vida que llevábamos  muchos como yo, como mi hermano, como mis mejores amigos. Obstinados, irrespetuosos, atrabancados, eufóricos, desmadrosos, “guandajones”, burlones, pendencieros, borrachos, buenos para nada y con ganas de que la vida nos revolcara para ganar experiencias y sentirnos orgullosos de lo que éramos.

Teníamos todo para ser Ramones. Los Ramones nos descubrieron el punk y nosotros nos descubrimos poncs sin etiquetarnos como tales. “Blietzkrieg bop” nos enseñó que podíamos ser elementales pero explosivos; que el secreto de la actitud estaba en no ser solemnes ni tomarnos en serio. Los Ramones eran el mejor ejemplo de que con lo básico se pueden ir a la mierda las convenciones. Eran duros, rápidos y contundentes. Una bomba molotov de 4×4. Nos representaban a todos aquellos a los que las chavas nos rehuían por feos, raros, con acné e inestables; a los que en las fiestas terminábamos arrinconados por no saber bailar cumbia. Los Ramones éramos nosotros. Nosotros éramos ellos. Nuestros guías. Blitzkrieg bop.

Los Ramones han sido acusados de todo: desde xenófobos (sobre todo Johnny, quien además tenía fama de tacaño y agresivo), hasta imperialistas, pronazis, codiciosos, conservadores y sin ideas propias. Francamente, la mayoría de los jóvenes con los que conviví en mi adolescencia y juventud eran así. Mucha gente con la que convivo hoy en día es así. Y a muchos aún nos vuelven locos los Ramones. No es un grupo para fortalecer la corrección política. The Ramones nunca tiraron netas, como sí lo hicieron los Pistols y The Clash. No era una banda que buscara redimir al mundo y hacer de sus fans militantes de las causas justas. Tampoco fueron un ejemplo de casi nada positivo, ni siquiera de amistad. Entre ellos se llevaban mal.

Quizá lo único que los mantenía unidos era una extraña sensación de saberse perdedores pero con un carisma atrayente para millones de fans que se identificaban con la imagen de camaradas rudos que proyectaban en el escenario. Sus discos dejan mucha plata aún hoy. En trece años murieron los cuatro Ramones originales. El último, en 2014. En todos esos años no hubo perdón entre ellos, sobre todo entre Johnny y Joey, peleados a muerte por una mujer. Los cuatro Ramones siguieron odiándose como siempre y probablemente en el caso de Johnny hacia Joe, se alegró de su triste fin en un hospital.

ramones
Foto: Danny Fields.

“I wanna be sedated”, de 1978, ha sido hasta hoy un himno de batalla para aliviar en algo mi ciclotimia. Vi a los Ramones en México dos veces: la primera en 1992 y la segunda en 1993, un par de días antes de mi partida a Estados Unidos en pos de mi aventura de bracero. Los volví a ver en vivo en Port Chester, Nueva York, en 1995, en un teatro lleno de punks mexicanos salidos quién sabe de qué cocina. Blitzkrieg bop.

El 4 de julio de 1993 abordé un avión con destino al aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York. Cuando el vuelo tomó suficiente altura y los pasajeros pudimos desabrocharnos los cinturones de seguridad, me paré para recorrer de punta a punta el pasillo. Nunca antes había salido del país y me poseía una extraña embriaguez de emoción y miedo. Si tenía motivos poderosos para llegar a esa ciudad, uno eran los Ramones. Al regresar a mi asiento, descubrí a un sujeto greñudo, muy alto, despatarrado en su asiento mientras leía un cómic. ¡Era Joey Ramone!, a su lado venía Dee Dee y detrás Johnny.

 Comencé a sudar y sin estar seguro de qué hacer, busqué a una aeromoza y le pedí una hoja de papel. Fue por su bolsa sacó una libretita y arrancó una hoja. En lo que regresaba al pasillo donde estaban sentados los Ramones, saqué un plumín Bic rojo de punto fino de mi chamarra negra con cierres por todos lados (inspirada en ya saben quienes) y tímidamente me acerqué a Joey para pedirle su autógrafo. El tipo apenas despegó los ojos de su lectura, me miró de arriba abajo sin quitarse sus lentes oscuros y con indiferencia tomó la hoja, el plumín y apoyándose en el cuadernillo de historietas garabateó su nombre. Me entregó todo y regresó a su lectura cubriéndose el rostro por completo sin dirigirme la palabra. Guardé la servilleta en la bolsa trasera de mi pantalón y me olvidé de ella.

Durante todo el vuelo mi fantasía fue que me haría amigo de los Ramones y me iría a inflar con ellos en cuanto el avión aterrizara. Joey siempre fue un tipo enfermizo, taciturno e impredecible. Era la imagen de un grupo que había hecho de los padecimientos existenciales y fantasías propios de la adolescencia y la juventud un himno de batalla. Joey murió muy joven, a los 49 años en 2001. Desde hacía unos años luchaba contra un linfoma, cáncer del sistema linfático, quizá por eso fue tan hosco conmigo.

Bajé del vuelo y los perdí de vista. Formado en la larga fila de migración recordé la hoja de papel y la saqué de mi bolsillo. Estaba húmeda y arrugada. La tinta se había escurrido. El autógrafo era irreconocible.

No podía ser de otro modo. Era un detalle digno para un fan de los Ramones. Blitzkrieg bop.

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